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En la mortal angustia
Y en la mortal angustia, yo aguardando
húmedos los días que caen
hacia el alba otoñal de la rosa,
y así viendo el pobre árbol, ahora ardiente,
verde, buscar la muerte gris.
Escucho, empero, desdecir
tus agrias profecías, muerte,
en la paloma, sutil hálito del cielo,
hiriendo cual pálida aguja este océano
de dioses azules. Y en un sermón de liras,
con su iglesia
de ingeniosa lengua griega, púlpito
que enseña músicas palabras, reír el agobio
del que perece; preferir anhelos ilimitados,
o lo alto sojuzgando a la tierra;
altura, pues, blanco panteón de nubes,
en su fría eternidad de nieve, siendo inepta
para los horrores del tiempo.
Y allá arriba mirto y vid que se endulzan,
con la Hibla melosa cayendo
sobre trágico paraje de los plañidos,
lunares y nocturnos, de las almas;
y pedir éstas al amor del cuerpo
conceder, mas solamente
si el espíritu se ha de morir.
Pero luego, con rojos cántaros,
el tibio, virginal aliento que es del vino
se vierte en su hueco de la roca del mar,
en cuya orilla cantan los amantes, hostigando
ardientes los frutos de las abiertas bocas.
Pues deploran, así,
al sueño cesante de su carne, aunque
en los párpados cosidos de la luna
se abran, ardientes y perpetuos,
de par en par los ojos del sol.
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